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Fue el penúltimo día del año, venía en coche, de viaje, y paré junto a la autovía en un establecimiento americano de comida rápida. El parking estaba prácticamente lleno y buscando un lugar donde dejar el coche, vi a un grupo de unas cuatro personas, sentadas en el suelo sobre un pequeñísimo espacio de césped artificial. No estaban comiendo, junto a ellas estaban sus motos, todas con la inconfundible maleta grafiada en su parte trasera de una de las casas de delivery más conocidas. Estaban allí, a la espera de que les encargaran por el medio que lo hagan, llevar la comida de ese establecimiento a la casa de quien lo hubiera solicitado.

Seguramente es un avance como consumidor el que la comida te la traigan a casa y no tengas siquiera que acudir al establecimiento, aunque este sea la quintaesencia de la comida rápida. Pero me parece que hay que mirar para otro lado para no darse cuenta que detrás de esa forma cómoda de consumo, hay personas que hacen ese trabajo, esas que esperaban sentadas en el suelo junto a sus motos.

Corren los días de navidad y muchos de nuestros colaboradores sienten que el trabajo debería de ayudarles cada día más a poder conciliar su vida personal y familiar con su vida laboral y que eso no es fácil cuando los hijos están de vacaciones pero no te quedan días de tus propias vacaciones para pasarlos con ellos. Mientras estás mentalmente en esas disquisiciones, te alegras y sonríes porque ese libro que encargaste ayer mismo por la tarde, y que no te urge en absoluto, lo tienes en tu poder esta misma mañana. El mismo repartidor de la furgoneta azul grafiada con la flecha/sonrisa que suele hacerlo en otras ocasiones te lo acaba de traer.

Que satisfactorio es que un libro que no te urge te lo sirvan en apenas unas horas, sin que te tengas que mover de tu mesa para comprarlo ni para recibirlo. Pero de nuevo hay que mirar para otro lado para no pensar en que algún trabajador de esa empresa, una de las mayores y más admiradas del mundo para las que la gente se mata por trabajar en ellas, muy posiblemente ha tenido que correr, literalmente correr, para que hayas recibido ese envío en ese tiempo tan corto sin necesidad.

Has comprado un regalo en esa página web de la admiradísima marca de ropa de moda que el/la influencer de turno han recomendado en esa página de Instagram que sigues. Cuando lo recibes, te das cuenta que, pese a que la marca es española o europea y tu lo estás comprando desde España, la etiqueta que figura en la expedición del producto te dice que éste ha sido enviado desde un país asiático. Igual piensas que qué rapidez, que cómo puede haber llegado en tan poco tiempo desde tan lejos, o incluso que gracias a que viene de allí el precio es más asequible y tu te beneficias de ello.

De nuevo hay que mirar para otro lado para no darse cuenta que en aquel país los trabajadores no gozan de condiciones laborales y sociales aceptables, en los cánones de lo que tu mismo como trabajador admitirías para ti mismo en este país desde el que estás haciendo la compra.

Son sólo tres ejemplos, pero podríamos poner, tu y yo, muchos casos distintos en los que estamos “mirando para otro lado”, en los que nos beneficiamos de condiciones y precios sin tener en cuenta a las personas que tienen que fabricarlos o distribuirlos y las condiciones en las que lo hacen.

La pregunta importante es, ¿estamos dispuestos a renunciar a comprar productos más baratos o a recibir los servicios cada vez en menos tiempo porque detrás de esas condiciones hay personas que están sufriendo unas condiciones laborales en muchos casos inaceptables para nosotros mismos?

Siempre escribo sobre farmacias y en las seiscientas palabras anteriores, ni siquiera en una ocasión ha aparecido la palabra “farmacia”, algo que seguramente el algoritmo de posicionamiento del buscador me penalizará.

Pero estas reflexiones también tienen que ver con el mundo, actual o futuro, de la farmacia. Cuando leemos frases del tipo “el comercio online ha venido para quedarse y a ello no es ajeno el sector farmacéutico”, vemos que antes o después tendremos que decidir si queremos mirar para otro lado. La empresa de delivery que tenía a sus repartidores en el suelo, esperando un servicio en la casa de comida rápida ha protagonizado una sonora entrada en el sector de la farmacia de la mano de dos grupos empresariales centrados en el sector farmacéutico, uno es una web/app que pretendía minorar los desabastecimientos en las farmacias y el otro una conocida, quizás la que más, agrupación de farmacias.

Pero no sólo es en esto, tan evidente, donde va mi reflexión sobre si estamos dispuestos a pagar algo más caro un producto o servicio a cambio de que detrás haya personas con trabajos y condiciones dignas. Cuando veo, año tras año, y este pasado tampoco ha sido una excepción, las cifras del superior crecimiento del gasto farmacéutico hospitalario frente al gasto farmacéutico en farmacia me doy cuenta que las administraciones públicas prefieren dar un peor servicio al paciente, que valora más, y así sale reflejado en cualquier tipo de encuestas de salud, la cercanía y el trato que se le da en la farmacia, que el acudir a recibir el medicamento en unos centros de salud, ahora mismo colapsados por la pandemia, donde dudas siquiera de si alguien te va a coger el teléfono. De nuevo miramos para otro lado.

Y así, mirando para otro lado, una vez y otra, en unas cosas y en otras, resulta que nuestra pretendida sociedad europea del bienestar no está dispuesta a renunciar a productos más baratos y servicios algo más lentos pero infinitamente más humanos, aunque el que los preste sea nuestro propio vecino.

Como en la película de moda actualmente, si el problema viene de arriba, “no mires para arriba” que es su título, y si el problema son las personas que te rodean “mira para otro lado”, pero así no mejoraremos la sociedad en la que vivimos y sobre todo a sus personas.

 

Juan Jesús Sánchez Velázquez

Director Audifarma

 

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